Desde el inicio, el desafío que representa un nuevo cliente, producto o servicio, lleva consigo el valioso aporte de las emociones. A partir de ese primer contacto se establece de inmediato un acercamiento cargado de “emocionalidad”. Es la combinación de entusiasmo, expectativa, orgullo, confianza y alegría lo que nos anima a hacer la mejor gestión para conocer, consolidar y divulgar las bondades del nuevo cliente. Se establece así el reto inicial de alcanzar metas comunes, como equipo.

Asimismo, por diáfana e impecable que pueda ser la gestión de imagen y las fortalezas del  producto, si la reputación  (esa cajita de  cristal, que tanto cuidamos) sufre algún daño,  se impacta la percepción inmediata de dicha marca o producto y corresponde entonces lidiar con las emociones del entorno para contrarrestar los efectos.  Es otra cara del trabajo que suma otro conjunto de emociones.

Igualmente,  si el producto en cuestión es una novedad para el mercado, se requiere una estrategia asertiva basada en la asociación de beneficios del producto con aspectos emocionales como interés, motivación, curiosidad, a través de noticias, anécdotas, datos, referencias que enlazan siempre las emociones particulares y nos ayudan a consolidar la reputación e imagen del mismo, así como a generar confianza y credibilidad.

Cuando se trata de algo intangible como servicios, nuestra gestión exige despertar emociones que se conecten con el usuario favorablemente; demanda también de mecanismos de monitoreo para cuidar y actuar con aplomo, precisión y prontitud ante cualquier reacción asociada a la emocionalidad.

Velar porque la coherencia, consistencia, equilibrio y sobre todo, la verdad estén presentes siempre en lo que nos proponemos, es fundamental en esta exhaustiva tarea de brindar asesoría en comunicaciones … Una labor cuya esencia es definitivamente, una pasión.